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49. LAS ENFERMEDADES FINANCIERAS: La mezquindad (III)

En línea con los posts anteriores, acudimos a un cuento de Jorge Bucay para reflexionar sobre la mezquindad.

“Había una vez un monarca de un pequeño país, llamado principado de Uvilandia. Su reino estaba lleno de viñedos y todos sus súbditos se dedicaban a la elaboración de vino. Con la exportación a otros países, las quince mil familias que habitaban el reino ganaban suficiente dinero para vivir bien, pagar los impuestos y darse algunos lujos.

Hacía varios años que el rey estudiaba las finanzas del reino. El monarca, con el objeto de encontrar la manera de reducir los impuestos, tuvo la gran idea de abolirlos. Así, como única contribución para solventar los gastos del estado, el rey pediría a cada uno de sus súbditos que, una vez al año, se acercaran a los jardines del palacio con una jarra de litro del mejor vino de su cosecha y lo vaciaran en un gran tonel que se construiría para tal fin. De la venta de los quince mil litros de vino se obtendría el dinero necesario para el presupuesto de la corona, los gastos sanitarios y la educación de su pueblo.

La noticia corrió por el reino generando un ambiente de alegría en el que alababa al rey y se cantaban canciones en su honor.

Finalmente, llegó el día de la contribución. Desde temprano, empezaron a llegar de todo el reino los vinateros con su jarra en la mano. Uno, por uno, subían la larga escalera que conducía a la cima del enorme tonel real y allí vaciaban su jarra. Después, el tesorero del reino colocaba un escudo con el sello del rey en la solapa de cada campesino.

A media tarde, cuando el último de los campesinos vació su jarra, se supo que nadie había fallado. El enorme barril de quince litros estaba lleno.

El rey estaba orgulloso y satisfecho. Al caer el sol, cuando el pueblo se reunió en la plaza frente al palacio, el monarca salió a su balcón aclamado por su gente. En una hermosa copa de cristal, herencia de sus ancestros, el rey mandó a buscar una muestra del vino recogido. Con la copa en camino, el soberano les habló.

  • Maravilloso pueblo de Uvilandia: tal y como había imaginado, todos los habitantes del reino habéis acudido hoy al palacio. Quiero compartir con vosotros la alegría de la corona al confirmar que la lealtad del pueblo con su rey es igual a la lealtad del rey hacia su pueblo. Así que brindo por vosotros con la primera copa de este vino, un néctar de dioses al sumarse las mejores uvas del mundo con el mayor bien del reino, el amor del pueblo.

Uno de los sirvientes acercó la copa al rey y este la levantó para brindar por el pueblo que aplaudía eufórico. Sin embargo, la sorpresa detuvo su mano en el aire: al levantar el vaso, el rey notó que el líquido que contenía era transparente e incoloro. Lentamente, lo acercó a su nariz, entrenada para percibir el aroma de los mejores vinos, y confirmó que no tenía olor ninguno. Bebió un sorbo.

¡El vino no tenía sabor de vino, ni de ninguna otra cosa!

El rey envió a buscar una segunda copa de vino del tonel, después otra y, por último, quiso tomar una muestra desde el borde superior. Sin embargo, todo era igual. Inodoro, incoloro e insípido.

Los alquimistas del reino fueron llamados con urgencia para analizar el vino. La conclusión fue unánime: el tonel estaba lleno de agua.

El monarca incrédulo, mandó reunir a todos los sabios y magos del reino para que buscaran una explicación a aquel misterio. El más anciano se acercó y le dijo al oído:

  • ¿Alquimia?, ¿misterio? Nada de eso señor. Vuestros súbditos son humanos, majestad. Eso es todo.
  • No entiendo –dijo el rey.
  • Tomemos por caso a Juan –dijo el ministro. Juan tiene un enorme viñedo que abarca desde el monte hasta el río. Las uvas que cosecha son de las mejores cepas del reino y su vino es el primero en venderse y al mejor precio. Quizá esta mañana, cuando preparaba a su familia para bajar al pueblo, se le pasó una idea por la cabeza: ¿y si ponían agua en lugar de vino? ¿Quién podría notar la diferencia? Una sola jarra de agua en quince mil litros de vino no se notaría. Y, probablemente, nadie lo hubiera notado, salvo por un detalle majestad, ¡todos pensaron lo mismo!”

Si buscamos en la RAE el término mezquino/a entre sus significados estarían: Falto de generosidad y/o nobleza de espíritu, pobre, necesitado, falto de lo necesario, infeliz.

¿Qué ocurriría si cada ciudadano de Uvilandia se diese cuenta que formaba parte de un mismo sistema? ¿Y si darse cuenta de que la forma en que nos comportamos repercute inexorablemente en el sistema del que formamos parte, y por tanto nos repercute directamente?, ¿hubiéramos actuado igual?

Quizá centrarnos sólo en el beneficio personal nos dificulte la mirada más allá de nosotros mismos. Así, es posible que pensar en beneficio propio, no permita darnos cuenta de la repercusión de nuestras acciones en la relación con el otro, y en particular, la dificultad de recuperar la confianza perdida.

Imaginemos que con nuestras acciones podemos construir un puente que nos permita no caer por la escalera de la mezquindad, ¿es posible que viviésemos más felices?

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24 noviembre, 2018 REFLEXIONES

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