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47. LAS ENFERMEDADES FINANCIERAS: La avaricia (II)

Con el objeto de seguir analizando las enfermedades financieras, Jorge Bucay nos incita, a través de este cuento, a reflexionar sobre la avaricia del que se cree poseedor de algo externo a él.

“Caminaba distraídamente por la calle cuando la vio.

Era una enorme y hermosa montaña de oro.

El sol le daba de lleno y al rozar su superficie reflejaba tornasoles multicolores, que la hacían parecer un personaje galáctico salido de una película de Spielberg.

Se quedó un rato mirándola como hipnotizado.

  • ¿Tendrá dueño? –pensó. Miró para todos lados, pero nadie estaba a la vista.

Al fin, se acercó y la tocó. Estaba tibia. Pasando los dedos por su superficie, le pareció que su suavidad era la correspondencia táctil perfecta de su luminosidad y de su belleza.

  • La quiero para mí –pensó. Muy suavemente la levantó y comenzó a caminar con ella en brazos, hacia las afueras de la ciudad.

Fascinado, entró lentamente en el bosque y se dirigió al claro. Allí, bajo el sol de la tarde, la colocó con cuidado en el pasto y se sentó a contemplarla.

  • Es la primera vez que tengo algo valioso que es mío.
  • ¡Sólo mío! –pensaron los dos simultáneamente.

Sin embargo, cuando poseemos algo y nos esclavizamos en dependencia de ese algo, ¿quién tiene a quién?”

La persona avariciosa se caracteriza por el afán de poseer muchas riquezas por el solo placer de atesorarlas. Sin embargo, ¿nos hemos dado cuenta qué consecuencias tiene vivir desde la avaricia?

Tal vez, asociar la avaricia a una carencia interna que intentamos suplir con algo externo, nos ayude a comprender el motor de nuestras decisiones. Sin embargo, ¿qué pasaría en nuestra vida si en vez de vivir desde la ilusión de la avaricia, pudiésemos atender a esa parte de nosotros que se siente carente? 

La consecuencia de no reconocer nuestras carencias lleva implícitamente una dificultad para tomar decisiones óptimas desde un punto de vista económico. Así, es posible que estemos gestionando ineficientemente nuestra economía por el miedo de desprendernos de aquello que nos está perjudicando.

Quizá, el temor por el dolor que conllevaría darnos cuenta de esta experiencia no nos permita liberarnos de las ataduras de nuestros miedos. Y, por ese motivo, preferimos vivir en la ilusión de que lo externo llena el vacío de nuestro interior.

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8 noviembre, 2018 REFLEXIONES

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