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46. LA PRINCESA QUE CREÍA EN LOS CUENTOS DE HADAS: Encontrar el camino para reconciliarnos con nosotros mismos (II)

En el post anterior, iniciamos el camino con Victoria y reflexionamos sobre la importancia de separar la ilusión de la realidad. La ilusión en la que vive nuestro niño interior que también nos aporta la alegría, la energía y las ganas de vivir.

“Su alegre corazón cantaba. Los pájaros de los árboles, sintiéndose atraídos, se atrevieron a cantar al unísono con ella. Era tan grande la algarabía y el gorjeo, que la princesita no oyó al rey que salía por la puerta…

  • Victoria, -dijo con tono enfadado- deja de armar tanto alboroto ahora mismo.
  • Sí, papa.

Satisfecho, el rey dio media vuelta y… apareció Timothy que, ladrando con gran furia, se cruzó y estuvo a punto de derribarlo.

  • ¡Guardias, saquen a este chucho del palacio!
  • ¡No, no papá! Timothy no fue el culpable de que casi te cayeras. Siempre pierde el control cuando Vicky se pone nerviosa.
  • ¡Otra vez Vicky! ¡Ya te hemos dicho que no puedes echar la culpa a ningún amigo imaginario de tu forma de ser! ¿Por qué no puedes ser como las demás princesas? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

La princesita alzó sus grandes ojos llenos de miedo, incapaz casi de oír sus palabras pues Vicky gritaba en su interior con todas sus fuerzas para acallar sus voces. Transcurridos unos angustiosos minutos, la reina dijo:

  • ¡Mira lo que has conseguido, Victoria! Has vuelto a decepcionar a tu padre.

Aprender a identificar el momento oportuno para dejar salir la expresión y la alegría nos permitirá convivir con las demás personas desde el respeto y la consideración. Nos hemos preguntado si ¿es posible que conectarnos con nuestras emociones hasta identificarnos con ellas hace que no miremos más allá de nosotros mismos? ¿Quizá esta actitud sea el motivo por el que se puede molestar o alterar a los demás? ¿Y si analizásemos previamente el contexto en el que nos encontramos para determinar si aquello que vamos a decir o hacer es oportuno para todos?

  • ¡Tú -gritó Victoria en tono acusador- eres la débil y la que tiene miedo de todo! La única que siente lo que no debe. “Tú eres” la única a la que no le importa el Código Real y “soy yo” la que siempre tiene problemas.
  • Yo soy así -le contestó Vicky-.

Si Vicky encarna nuestro niño interior y Victoria la imagen que queremos mostrar a los demás, el camino para que ambas partes puedan vivir juntas y respetarse pasa por la comprensión entre ambas. De lo contrario, viviremos en una lucha interna que más tarde o más temprano, nos llevará a dejar de escuchar a una de las dos partes, sin darnos cuenta de que al formar parte de nuestro ser, al único al que estamos haciendo daño es a nosotros mismos.

  • ¡Basta ya -insistía Victoria -, no puedo soportarlo más! Ya sabes que existe una forma correcta e incorrecta de ser, de actuar y de sentir y ¡vas a saber cuál es la diferencia, jovencita, de una vez por todas! ¡Voy a esconderte en un sitio del que no puedas salir de forma inesperada ni causarme ya más problemas!

La metió a empujones en el guardarropa y cerró la puerta de golpe con firmeza.

  • No puedes esconderme -le gritó Vicky-, formamos una pareja.
  • Eso fue antes de que te convirtieras en mi peor enemiga, -le contestó Victoria.
  • ¡Victoria, por favor, déjame salir de aquí! -le suplicó Vicky, dando golpes desesperados en la puerta-, te necesito. ¡No me dejes sola!, tengo mucho miedo, Victoria. Seré buena y haré todo lo que me pidas pero, por favor, ¡déjame salir!

Victoria termina encerrando a Vicky al considerar que para ser la princesa perfecta que se espera de ella, Vicky no debe estar. ¿Cuántos de nosotros hemos pretendido eliminar la parte imperfecta de nosotros mismos para ser dignos de amor? ¿Y si eso supusiese que dejamos de amarnos a nosotros mismos?

Os dejamos la canción “De pequeño fue el coco”, de Ramón Melendi, en la que plantea la guerra interior entre las dos partes de nosotros mismos, y cómo cuando aceptamos nuestras “imperfecciones”, la vida cobra sentido.

    “Hoy después de mil vueltas, ya llegué a la conclusión, mi primer amor fui yo (…) Puede ser que de tanto quererme, olvidara que soy mi enemigo. Puede ser que lleve años aprovechándome de mi mismo. Me conozco tan bien que aprovecho mis debilidades. Y sé cuándo estoy más predispuesto para hacer maldades. (…)

    Hoy después de mil vueltas, al final ya comprendí, que en realidad soy así. Me dije: Ramón, te tienes que aceptar. Va a ser la única manera de avanzar”.

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1 noviembre, 2018 CIBERESPACIO

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